El acercamiento de Melissa Haringwi Moyo (Promoción 2025, Esuatini) con la agricultura no fue solo por un interés particular o por curiosidad, sino por una necesidad real y tangible. Sus padres se habían quedado sin empleo y la familia se fue a vivir al campo, a una finca en la que comenzaron a sembrar distintos cultivos para subsistir. Fue en ese momento en el que se dio cuenta de la importancia de conectar con la tierra y de entender de dónde viene el sustento. Aprendió que la agricultura era más que sembrar y cosechar; era la diferencia entre tener alimento o no.
Sin embargo, notó que en su comunidad muchos agricultores carecían de conocimientos técnicos. Sus cultivos eran devastados por plagas y enfermedades, pero al no tener recursos económicos ni conocimientos, aceptaban las pérdidas con resignación. Algo dentro de ella se encendió: quiso desde entonces cambiar esa realidad. Y ese objetivo se convirtió en un sueño.

Antes de que su vida cambiara y quedara inmersa en la vida rural, Melissa, quien forma parte del Programa de Becas de Mastercard Foundation, ya había demostrado habilidades y pasión por la ciencia. Le interesaba entender el “mundo de las pequeñas cosas”, como le llama ella, porque era ahí en donde sentía que podía encontrar soluciones para problemas gigantes, como las plagas que afectan su región y que arrasan con cosechas enteras. Ahora cursa el cuarto año de carrera en EARTH, está cerca de graduarse, y en sus años de formación se ha sumergido en la entomología (el estudio de los insectos), la genética y la fitopatología (la ciencia que estudia las enfermedades de las plantas y a los organismos que las provocan).
Melissa cree firmemente que, combinando estas tres ciencias en el sector agrícola, se puede revolucionar la producción de alimentos, porque si se logra mejorar genéticamente los cultivos, de forma responsable y sostenible, podrán resistir mejor las plagas y enfermedades, asegurando cosechas más seguras y abundantes.
Melissa está trabajando junto a Akuak Achieng (Promoción 2025, Sudán del Sur), también becaria de Mastercard Foundation, en un Proyecto de Graduación (PG) que tiene como meta abordar una problemática ambiental y económica: el desperdicio de desechos avícolas. Ambas estudiantes están diseñando un sistema hidropónico en el que los residuos de gallinas son reutilizados como fertilizante líquido para cultivar lechuga. Comparando el crecimiento de un cultivo con este fertilizante versus otro que solo recibe agua, buscan demostrar que esta alternativa no solo reduce la contaminación, sino que ofrece una opción accesible para los agricultores con menos recursos.

Hoy, su meta y su sueño siguen intactos. No estudia solo por ella, sino por su comunidad, por las mujeres que aún creen que no pueden aspirar a más, por los agricultores que necesitan herramientas para mejorar su producción.
“Si algo te apasiona, no dejes que nada te limite”, dice a quienes sueñan con un futuro diferente. Sabe que en África, como en muchas partes del mundo, el acceso a la educación es un desafío, especialmente para las mujeres. Sin embargo, insiste en que existen becas, apoyos y oportunidades para quienes buscan con determinación. Su consejo es claro: investigar y postular temprano a cualquier oportunidad, encontrar una motivación que ayude a seguir adelante en los momentos difíciles y, sobre todo, creer que todo es posible. Si alguien le hubiera dicho hace cuatro años que estaría estudiando en una universidad global al otro lado del mundo, nadie lo habría creído. “Pero yo sabía quién era y qué era capaz de lograr”, afirma.

La agricultura y las ciencias siguen siendo áreas dominadas por hombres, pero ella ha demostrado que la determinación puede romper cualquier barrera. Su historia es prueba de que, con esfuerzo y perseverancia, los sueños más grandes pueden florecer.